Maya II
Conjetura
Qué nos preguntamos y no llegamos a entenderlo hasta que dejamos de preguntarlo. El Cine debe de ser algo improbable que nunca se muestra completo. Eso explicaría que hubiera más oscuridad al comienzo, cuando parpadeaba a dieciséis cuadros por segundo. El cine digital promete menos muerte, microsegundos negros y estáticos, entre cada imagen que ilusiona un movimiento y más allá de sí misma, tiempo. La existencia del Cine es una ilusión duradera.
¿Pero cómo presumir que será recordada la ilusión? El cine degradado que se intenta salvar en bytes, la enciclopedia del Voyager grabada en oro que se aventura fuera de la influencia gravitatoria del sol, el mensaje de Arecibo, que tardará veinticinco milenios en llegar al cúmulo de Hércules. Quizás bastaría un radio de pilas; habrá quien crea que su voz es suficiente. Alguien la escuchará.
Los hermanos Coen, Joel y Ethan, “continue to play in our corner of the sandbox”, fueron reconocidos por la misma industria que los anida. Hollywood. Óscares. Pero los hermanos parecen tener otra cosa en mente cuando hacen un cine de la incertidumbre.
En cada película, como en la vida, hay algún objeto o accidente que detiene en seco a los personajes y a los espectadores por su increíble coincidencia y es entonces cuando la vida se convierte en símbolo, en arte. El semáforo en verde de No Country for Old Men, el OVNI en The Man Who Wasn’t There, o la enigmática tubería de un lavabo en Blood Simple, todas constituyen excepciones y evidencias de un plan (escritura divina) del que los personajes forman parte sin percatarse de ellos. El espectador se confronta con un trazo que rehúsa una explicación lógica e implica a otro observador.
Es así como los Coen crean un mundo predestinado y eterno, con una realidad ignorante y trivial. Toman prestado un mundo ya sea de una novela o un género y le aplican sus propias leyes de gravedad amoral. No es que falten juicios morales en sus películas, pero la cámara sólo observa, no juzga. Con el personaje de Javier Bardem se enfatizó el estilo nihilista y objetivo en su película, No Country for Old Men.
Para la vida, para el Cine y para los Coen nada está resuelto del todo, siempre permanece el misterio de lo inexplicable. Desde la ilusión de movimiento hasta los laberintos del tiempo montado, hay una huella que oprime todo lo que puede ser significado. La incertidumbre de ser comprendido, incluso por otras formas de vida en el espacio.
