Desvelos de una pesadilla
Borges soñó con un rey nórdico, con su espada y su perro; tuvo la pesadilla al amanecer y al despertar “seguí viendo al rey durante un rato” (La pesadilla, 48). Sabato le preguntaría en una ocasión: “¿Qué piensa usted Borges sobre la validez del sueño, quiero decir de la realidad que aparece en los sueños?” (Borges, Sabato, 140). Juntos enlistarían los casos en la historia, todos argumentables, y no pudiendo distinguir entre uno y otro hablan de una dualidad; en “La pesadilla” Borges recuerda el sueño de Wordsworth donde “el beduino es Don Quijote y no es ninguna de las dos cosas y las dos cosas a un tiempo. Esta dualidad corresponde al horror del sueño”. (Borges, La pesadilla, 53). En La espera de Borges hallamos a un hombre que aguarda su muerte y cuando llega lo encuentra soñando; “En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables” (225) donde descargaba un revólver contra los agresores que eran tres o a veces los tres eran uno solo, como el Lucifer tricéfalo de Dante, reflejo de la Trinidad, o como Mercurio analizado por Jung: “Hace pensar en aquella figura doble que parece estar detrás de la figura de Cristo y del diablo, es decir, en el enigmático Lucifer que es al mismo tiempo un atributo del diablo y de Cristo.” (85). O como reza el Aquarium Sapientum: “es una esencia trinitaria, universal, denominada Jehová. Es divina y al mismo tiempo humana” (84). Esta dualidad, que cohabita en una tríada, es moneda corriente de los sueños que regidos por el inconsciente no tienen ninguna dificultad en concebir lo imposible, lo paradójico. Jung argumenta que los cuentos, los sueños y los mitos están gobernados por el inconsciente que presenta el dilema axioma de María Profetissa: “cuando del tercero se obtiene el cuarto, se obtiene también la unidad” (40). La psicología lo explica:
como la antítesis de las tres funciones relativamente diferenciadas de la conciencia frente a la no diferenciada, a la que se llama función inferior o de minusvalía, que es indómita, inadaptada, incontrolada, primitiva y místico-arcaica debido a una contaminación con el inconsciente colectivo (239).
El hombre que espera su muerte en el cuento regresa a su sueño en el último momento, soñando quizás una vez más que descarga el revólver contra los tres, la magia del inconsciente lo habría salvado otra vez de morir y hubiese regresado a la espera, ya cotidiana, de su muerte. Esta espera coincide con esas palabras intemporales que Borges ha determinado en un mundo cerrado, en el 4004 de esa calle del Noroeste (Sir James Lightfoot calculó que la creación del universo ocurrió a las nueve de la mañana del 4004 a.C.). El hombre ha esperado desde los principios del tiempo en la duración fatídica del Infierno. Espera quizás su muerte que a su vez lo espera, irónicamente, al final del cuento.
Si el lector llega al final y lo trasciende no es necesariamente cierto para el personaje, que se cierra sobre sí mismo, escapa de la muerte en un sueño; se le ocurrió y luego rechazó “porque no acabó de entender si se parecía al alivio o a la desdicha”. (Borges, La espera, 222) que toda esa vida era un sueño, al igual que ignora que en la película que vio en el cine que estaba a tres cuadras “incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; […] porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él” (221). Villari, o su usurpador, “sólo quería perdurar, no concluir […] trataba de vivir en el mero presente [pero] creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida” (223). Hay un eco en el poema que Borges escribió para el I-Ching:
El porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer. No hay una cosa que no sea una letra silenciosa de la eterna escritura indescifrable cuyo libro es el tiempo […] pero en algún recodo de tu encierro puede haber una luz, una hendidura. El camino es fatal como la flecha. Pero en las grietas está Dios, que acecha. (7).
De manera similar es irrevocable la historia que recorre Villari donde la muerte es quien lo acecha y promete acaso una salida a la cíclica prisión que es el destino. Esa muerte lo aguarda ya en ese agresor tricéfalo, en el amanecer, en la pesadilla, en la descarga e incluso existe la posibilidad de que ésta ya lo haya alcanzado. La espera es el sueño o ambas son la muerte y las dos cosas a un tiempo.
El tres aparece, por lo tanto, de hecho, como un sinónimo adecuado para un proceso del desarrollo en el tiempo y por ello representa un paralelo de la autorrevelación de Dios como Uno absoluto en el despliegue del tres. La relación de la tríada con la unidad puede expresarse por medio de un triángulo equilátero: a = b = c (Jung, 237).
El sueño de Wordsworth recuerda a otro más personal, que Borges resume a Sabato:
Una vez soñé que trataba de leer manuscritos indescifrables. Estaba angustiado y me despertaba al otro día y los manuscritos seguían acompañándome durante unos minutos, aunque yo sabía que se trataba de una pesadilla (189).
Pareciera opuesto a los sueños más comunes en donde alguien se duerme con un texto y lo sueña, lo descifra o lo estudia y al despertar olvida toda su lectura, con el libro cerrado sobre la cama. Las pesadillas, en cambio, traen del infierno de Blake sus imágenes, como fantasmas en la realidad, como un sueño que se confunde con la vigilia.
Citando a Addison en más de una ocasión, Borges explica que en los sueños somos “el teatro, el espectador, los actores, la fábula” (La pesadilla, 53). Sabato cree que en el arte hay una salida y en el sueño no, en el arte se expresa pero “en el sueño todo queda adentro” (190). Esto tiene resonancia con una línea de El sur: “Todo era vasto, pero al mismo tiempo íntimo y, de alguna manera, secreto”. (Borges, Ficciones, 221). En La espera, Borges expresa, quizá logra, esa terrible dualidad, la vaguedad del sueño, que abierta a distintas lecturas permanece íntima y secreta. La palabra futura para Dios, la otra Rosa, una moneda inolvidable y otra sin anverso, son todos ejemplos de artefactos mágicos en sus cuentos que revelan algo fantástico, o mejor dicho, revelan lo fantástico. En La espera es una pesadilla, al final del relato, la que desvela lo fantástico, se crea una elipsis, un misterio, que nos hace volver las páginas y buscar el significado del sueño. “El lector, inquieto, revisa los capítulos pertinentes y descubre otra solución, que es la verdadera” (85). Hay quien recuerda el cine, otros los sueños, encontramos a Dante, una breve pelea, un perro lobo. Cada palabra es la cifra de un sueño de un sueño compendiado, un momento eternizado en las orillas del abismo. El doble que espera la muerte y narra, recuerda, revive, las cosas que rodeaban su asesinato (su borro), que lo precedían y lo inauguraban, mientras se confunde con las pesadillas que lo ofuscan en su muerte. Pero una segunda duda, más escéptica que la primera, no nos permite afirmar si el impostor soñó su muerte, si murió realmente, si todo fue un sueño o una obra de arte. Puede resultar irónico este examen de una obra de Borges, pero no disparatado: “Alguno –no el mejor– insinúa dos argumentos. El lector, distraído por la vanidad, cree haberlos inventado” (85). La horrible dualidad de las pesadillas consiste en una imposible combinación de hechos contradictorios, cuando las cosas son y no son al mismo tiempo, como en un sueño o una novela, como la muerte del personaje que sueña. Pero en el arte hay una salida diría Sabato, Borges citará su ensayo donde compara el arte y la magia:
[…] la magia es la coronación o pesadilla de lo casual, no su contradicción. […] Todo episodio, en un cuidadoso relato, es de proyección ulterior. […] Es la teología de palabras y de episodios es omnipresente también en los buenos films (El arte narrativo y la magia, 112-114).
Borges hacía referencia a la película de Sternberg, La ley del hampa.
Es curioso, pensando en la magia, encontrar en el relato hechos tan triviales como una visita al cine, una lectura del periódico, un dolor de muelas, los pavos reales que no soñó, todo esto mientras espera la muerte. Todo se desdobla secretamente y anuncia la muerte: el altercado en el cine, la defunción anunciada en el periódico, el milagro del dolor, los pavos reales destinados a alimentar pesadillas. El tiempo se dilata, se esconde y aguarda. El comentario de Confucio sobre el signo de La Espera en el I-Ching dicta así:
Únicamente cuando uno es capaz de mirar las cosas de frente y verlas como son, sin ninguna clase de autoengaño ni ilusión, va desarrollándose a partir de los acontecimientos la claridad que permite reconocer el camino hacia el éxito. […] pues sólo cuando uno va resueltamente al encuentro de su destino, podrá dominarlo (53).
¿Se puede decir lo mismo del doble? ¿Esperaba o huía de su asesino? ¿Estaba condenado a esperar su muerte? No sabemos si hizo frente a su destino, si lo ha dominado como un artista su obra, sin embargo, Borges sí ha creado un destino y lo ha previsto, interminablemente, ocurriendo en el relato.
La pesadilla sugiere una espera eterna, un círculo infernal para un doble traidor. En este sueño el que espera es el personaje, el lector, el narrador y la narración, hubiese dicho Addison, y todos esperan la muerte mientras fabulan sobre ella, mientras la significan. Montaigne, quien sabía que la muerte tendría que llegar en un presente inesperado, escribió: “No sabemos dónde la muerte nos espera; aguardémosla en todas partes. La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad” (36). Borges escribió: “¡yo, ahora, iba a morir! Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora” (Ficciones, 102). No es, pues, una espera en vano. En el sueño sentimos primero la opresión y luego buscamos una explicación, en el arte como en la magia estas coinciden; diríamos entonces que la espera corresponde a la muerte, desafiando la causalidad propondríamos que son ambas al mismo tiempo.
[…] la pesadilla tiene un horror peculiar y ese horror peculiar puede expresarse mediante cualquier fábula. Puede expresarse mediante el beduino que también es Don Quijote en Wordsworth; […] mediante mi sueño del rey […]. (La pesadilla, 53-54).
En La espera todo el relato confunde la realidad con la pesadilla, Cortázar, en su menos sutil cuento La noche boca arriba, halla la dualidad en un sueño doble, un sueño importado: “En la mentira infinita de ese sueño” (166).
Borges le contaría en dos ocasiones a Sabato que él siempre sabe cuando está soñando. ¿Qué horror habrá sentido al confundir el sueño con la realidad? Creo que el cuento logra expresar esa angustia, nos hace conscientes de la muerte como Montaigne hubiese querido, la voz de Borges nos acompaña en la espera y nos despierta al final del largo túnel. “Sea como sea, el hombre que sueña es un gran poeta y cuando despierta vuelve a ser un pobre hombre. En general, al menos” (Borges, Sabato, 189).
Borges, Jorge Luis. “El arte narrativo y la magia” en Discusión. España: Alianza Editorial, 1999.
Borges, Jorge Luis. “El sur”, “El jardín de los senderos que se bifurcan”, “Examen de la obra de Herbert Quain” en Ficciones. España: Alianza Editorial, 1998.
Borges, Jorge Luis. “La espera” en El Aleph. España: Alianza Editorial, 1997.
Borges, Jorge Luis. “La pesadilla” en Siete noches. México: FCE, 1980.
Borges, Jorge Luis, Ernesto Sabato. Diálogos. Argentina: Emecé, 1976.
Cortázar, Julio. “La noche boca arriba” en Final del juego. Argentina: Editorial Sudamericana, 1981.
De Montaigne, Miguel. “Que filosofar es prepararse a morir” en Ensayos. Argentina: Editorial Jackson, 1950.
Jung, Carl. Simbología del espíritu. México: FCE, 1998.
I-Ching. Argentina: Editorial Hermes, 1986.
